El camino del autoritarismo

El camino del autoritarismo

Por: Rodrigo Ramírez Tarango

Los pueblos que no conocen su historia están obligados a repetirla. Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Estas dos verdades sirven de sentencia para las sociedades cuyos integrantes (en su mayoría) no se interesan de los asuntos públicos y luego se quejan amargamente de los resultados de malas administraciones de lo que es de todos.

En la entrega anterior se trató el tema del camino a la venezuelización de México, un fenómeno que hace franca referencia al camino seguido por el extinto Hugo Chávez y el similar derrotero de Nicolás Maduro.

Analistas de varios países plantearon la posibilidad de que sus gobernantes o sus sistemas de gobierno permitieran esta posibilidad, derivado de una serie de acciones, declaraciones y políticas públicas seguidas en sus territorios.

No reconocer en las políticas públicas los signos que precedieron a una determinada forma de gobernar, como por ejemplo el autoritarismo, es apoyar (tácitamente) a que se materialice esa forma de dirigir los destinos de lo público hacia una dictadura… o dictablanda.

El camino al autoritarismo lo han recorrido muchos pueblos de la tierra a través de la historia, dictaduras viejas, dictaduras modernas, todas con signos distintivos que permiten identificar con meridiana claridad diferentes procesos.

El primer signo de las dictaduras modernas es el uso de la mercadotecnia para conseguir el poder. Ciertamente todos los políticos hacen uso de la mercadotecnia, sin embargo no por ello todos tengan indicios de autoritarismo; en esta mercadotecnia se hace énfasis particularmente en el anuncio de ser el liberador, el más demócrata, el que vendrá a salvar al pueblo. Un dejo de mesianismo asoma tímidamente en algunos casos, y en otros la presentación del abanderado político es similar a la de un redentor.

Regularmente esta parafernalia se acompaña de maniqueísmo, fino o burdo, pero maniqueísmo al fin. Es decir, el aspirante a dictador es en algunos casos el portador de todo lo bueno, sus ideas son las mejores; en otros casos es él (o ella) la personificación de la bondad política.

Es preciso señalar que rara vez un (o una) aspirante a autócrata se describe siguiendo el párrafo anterior; lo hace de manera tácita, es decir, acusa de todos los males a su (o sus) opositores, y tácitamente hace ver sus propuestas como la panacea para todos los males pasados, presentes y futuros.

Cuando esto sucede, regularmente la mercadotecnia prescinde de la ley y garantías como el derecho al honor son pisoteadas.

No en todos los casos el camino al autoritarismo fue trazado por una mente malévola, no, eso sólo se puede afirmar en los procesos que culminaron con gobiernos comunistas. En las democracias modernas los dictadores se van construyendo con dosis de vanidad, adulación, falta de límites y, sobretodo, poca capacidad de autocrítica sobria, esa que les diga, por ejemplo, que no es con discursos como se construye el gobierno, sino con acciones mediante las que se materialicen los bienes públicos, esos que llegan a las personas.

Esta autocrítica debe permitir que se reflexione sobre la necesidad de conectar el discurso con acciones como las que desembocan en cambios a las leyes, reflejando una verdadera intención.

Pero cuando no hay autocrítica los discursos suplen a las acciones, buscando el mercadeo del gobierno como imagen, propuesta en la que procurar el bien común no es el verdadero objetivo.

Otro signo de una potencial aspiración dictatorial se manifiesta cuando desde la autoridad se busca el control de las políticas editoriales de los medios masivos de información.

Es totalmente congruente que gobiernos apuntalados en imagen, discurso y percepción pública busquen incidir en los contenidos de los medios masivos más allá de la publicidad gubernamental, incluso usando esta última herramienta para buscar comprar voluntades.

En algunos casos, este tipo de gobernantes se arrogan un papel que no le corresponde en relación al trabajo de los medios masivos de información, buscan calificarlo, algo que está totalmente fuera de sus atribuciones, fuera de la naturaleza de la función de administrar la cosa pública.

Lo autócratas, una vez que perdieron el piso democrático, una vez que consideraron que el discurso es suficiente, comienzan a desestimar la crítica; si no pueden controlarla o coptar al medio, hacen lo posible por cerrarlo.

El siguiente paso es crear medios propios, algo que en un sistema democrático es válido, siempre y cuando exista la suficiente conciencia como para entender al medio como un órgano de difusión de la actividad gubernamental y no como un arma de propaganda.

Cuán difícil es para los gobernantes, con tendencias dictatoriales o no, diferenciar entre propaganda, publicidad y difusión.

En el caso de Venezuela, señala Víctor López González: “Si uno pone en su buscador de internet la frase “medios de comunicación en Venezuela” rápidamente le aparecen numerosos enlaces de asociaciones de prensa con cierta legitimidad internacional presentando informes de la dramática situación que vive la prensa en este polémico país.

Entidades como Reporteros sin Fronteras en un informe realizado en 2013 afirma que en Venezuela casi la gran totalidad de los medios de comunicación están dominados por el gobierno bolivariano, a su vez Human Right en un amplio documento elaborado en 2014 afirma que “durante el gobierno del presidente Chávez y ahora durante la presidencia de Nicolás Maduro, la acumulación de poder en la rama ejecutiva y la erosión de las garantías sobre los derechos humanos han permitido al gobierno intimidar, censurar y perseguir a sus críticos” e informó “que los medios de radiodifusión pueden ser censurados si critican al gobierno”.

Al observar estos informes uno puede llegar a la conclusión de que el gobierno de Venezuela realiza unas prácticas dictatoriales en referencia a los medios, unas prácticas que según los informes se acercan mucho a las utilizadas por exdictaduras latinoamericanas como la Chilena, Argentina o Uruguay”, es decir, nada nuevo bajo el sol bolivariano.

Es importante advertir estos signos, para que desde la sociedad civil se tomen medidas oportunamente, aunque volvemos al punto de partida que permite todos los males analizados (y otros): es necesaria la participación ciudadana, es necesario el involucramiento de las personas en los asuntos públicos, la participación, la voz de quienes tengan algo que decir, particularmente para hacer sentir a quienes tienen la responsabilidad de la conducción de la cosa pública que no son omnímodos.

 

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