El camino del autoritarismo (parte III)

El camino del autoritarismo (parte III)

 

Por: Rodrigo Ramírez Tarango

El camino al autoritarismo es transitado por los pueblos en una especie de marasmo, en una especie de somnolencia que puede ser provocada por múltiples factores, varios de ellos pasan a través de los medios masivos de información, dicho sea de paso.

La venezuelización de México fue la primera aproximación como síntesis especulativa de la protesta manipulada como mecanismo de control social; la segunda entrega se denominó El camino al autoritarismo, buscando identificar los signos que se manifiestan en algunos grupos de poder (y de algunos líderes en lo particular) respecto a signos que los llevan al despotismo.

En el plano individual, el autoritarismo se ejemplifica con rasgos claros en las personas; regularmente se trata de individuos que buscan en todo se haga lo que ellos dicen, o de plano nada se lleve a cabo en el tema. Pretenden absoluta sumisión y odian la crítica, por ello buscan el control de las opiniones, vengan estas de donde vengan.

Miguel Carpio señala que Los medios de comunicación (información) son el recurso privilegiado para convencer a la opinión pública, que recibe a través de ellos los datos y los argumentos que la forman.

Sobre ello plantea una hipótesis en el sentido de que estos sirven al poder establecido, en cuyo núcleo la plutocracia de quienes manejan mucho dinero, propio o de terceros. Para ello no necesitan un programa preciso, si no la constancia y la repetición del mensaje por diversos modos y vías hasta alcanzar la persuasión.

Los principios generales y los filtros de lo que enuncian los medios de comunicación (información) masivos, que fabrican el consenso social son simples, según el famoso lingüista Noam Chomsky y sus colegas: Uno, las élites intelectuales deben pensar que las mayorías sociales (“las masas”) no saben lo que quieren. Son los gobernantes e intelectuales al servicio del poder los que conocen los auténticos “intereses nacionales”, quizá pronto “intereses globales”.

Dos, hay unas pocas posiciones en competencia, normalmente dos, que comparten como núcleo del mensaje los proyectos sociales del poder (ahora, el proyecto neoliberal), y que ofrecen sendas visiones y soluciones en apariencia contrapuestas. Los puntos de vista que cuestionan esos proyectos son marginados en los medios de comunicación masivos. Incluso, los puntos de vista marginales, son útiles para demostrar el pluralismo del régimen.

Agreguemos a esto, de acuerdo a Carpio, que los cinco filtros de la comunicación son: todos los grandes medios son propiedad de la plutocracia; dependen de la publicidad masiva de grandes empresas o del gobierno; necesitan un flujo continuo de noticias que proceden de los gabinetes de prensa del gobierno, de las grandes empresas, universidades, laboratorios de ideas o centros de estudios que financian las plutocracias; las opiniones críticas e informaciones comprometidas que posea la opinión pública son contrarrestadas por respuestas preparadas por gabinetes de prensa, laboratorios de ideas u oficinas de relaciones públicas igualmente financiadas por la plutocracia o el poder político; y, las opiniones disidentes son acusadas de crear división.

Pero cuando no sólo se trata de decir a la gente qué tienen que pensar, cuando no sólo existe un proyecto para mantener el statu quo, sino que de gobierno pretende orientar los cambios en las instituciones para que respondan a las exigencias incrementadas de los plutócratas, es necesario un control más exhaustivo de los medios de información.

Esta es una perspectiva desde el poder, para mantener el poder. Es la aplicación de las tesis de Maquiavelo en el mundo moderno; ahora no se mata al rival político, al peligro potencial, se le fulmina con el fenómeno de la percepción.

Los anteriores elementos presentados en el artículo “La batalla de las ideas: el control de los medios de comunicación y los mensajes”, por Miguel Carpio, y explican con meridiana claridad algunos de los factores sobre los que se justifica el inicio del control de la opinión pública por parte de quienes, ya sea por su personalidad o por concepción de grupo, buscan controlar lo máximo posible en una sociedad, particularmente la percepción de las cosas.

Los anteriores conforman parte de los elementos de esa sutil forma de que estas personas o grupos caminan al autoritarismo, los ejemplos en el mundo a través de la historia tienen esos componentes de una u otra forma, los podemos compendiar y en todos encontramos estos componentes.

En lo que toca al control de los medios, este no sólo se genera por medio de dádivas en dinero o especie como algunos buscan hacer creer; también se propicia por una selectiva distribución del recurso público o el condicionamiento de lo poco que hubiere.

Recordemos que la peor de las censuras es la autocensura, es decir, la que se impone el mismo periodista (o medio) para tratar un tema en particular. Por temor se evita investigar y publicar sobre un asunto.

Si un gobierno asume políticas drásticas contra los medios, y no porque no pague publicidad, sino como la de calificar sus contenidos o expresar molestia públicamente por el manejo de la política editorial de este, genera que en el terreno especulativo el periodista y/o su medio eviten tratar los temas que incomodan al poder.

El respeto a los medios no sólo debe ser materia de discurso, las garantías de libertad de prensa y expresión van más allá de concatenar frases en alocuciones públicas para hacerlas floridas y llenas de pasión y esperanza; este respeto implica una serie de obligaciones para los representantes de los poderes públicos.

Se puede señalar que una información es errónea, claro que sí, pero cuando se hace con documentos, con pruebas objetivas que refuten lo dicho; pero no se puede calificar a un medio o a un periodista como malicioso o perverso oficialmente.

En el espinoso terreno de la publicidad oficial, también conocida como la subvención del Estado a la prensa, la publicación (en el mejor sentido de la transparencia gubernamental) de lo que desde el poder público se presupuesta y paga a los medios de información resulta en un imperativo saludable para nuestras democracias.

Pero si esto se hace de manera parcial, es decir, sólo se publica lo que se paga a algunos y se esconde lo que se paga a otros, entonces tenemos muchos ingredientes para preparar el caldo de cultivo que convertirá los discursos oficiales en motivos de odio hacia esos medios de los cuales se publica reciben o recibieron cantidades determinadas de publicidad oficial.

El discurso de odio hacia los medios –ojo- no es por publicar cuando se les entregó en un contrato de prestación de servicios, no, este se genera cuando la cifra se acompaña con calificativos como “injustificado”, “abultado”, “insultante” u otros, pero sin argumentar cuál fue la base de ese o esos contratos, el detalle de lo comprado y su justificación.

La calificación de mal intencionado o de que un medio recibe recursos sin justificación corresponde al público, pero con base en elementos objetivos; de lo contrario estaremos ante la manipulación desde el poder público de la percepción social sobre algunos medios de información.

La sutil manipulación de los medios de información lleva a la sutil manipulación de la opinión pública; cuando esto se hace desde el poder público con fines de controlar la percepción de personas e instituciones sin importar el legítimo interés público, también vamos en camino al autoritarismo.

 

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